Mi Diosa me cubrió con un vestido de terciopelo negro con cintos flotantes de rojo anochecido, arreglo mi cabello, peinole hasta que los negros mechones bailaron como neblina sostenida en la brisa nocturna. Vagamos como dos nubes de lluvia en el reflejo del mar, confundiéndonos entre las sombras de los adoquines bajo los gélidos faroles.Y amamos - así le llamábamos- cada noche de sedienta ternura, sumergidas en el vino de algún incauto. Nada ya importaba. Su mano sosteniendo mi cintura, un elixir sobrenatural, mis deseos personificados o, más bien, vampirizados.
Después de una de nuestros amoríos, dejamos los cuerpos en el callejón olvidado en que los encontramos, entre el humo ensordecedor del opio y visiones de vaga misticidad, tras sus ojos inyectados, deliciosa la expresión al ver dos ángeles que les seducen hasta desfallecer -literalmente-. Había yo sido discriminada por criaturas como esas debido a mis dedos manchados de carbón, después de trazar espléndidas escenas irreales en cuadernos que, escondía a mi madre bajo una tabla en mi habitación mortal. Ahora, esas imágenes rugían en mi mente, así como en la de mis amantes; les invadían y acosaban mientras sus corazones se hinchaban por última vez. Exquisito néctar.
De vez en cuando Carmilla me ofrecía un sorbo de su sangre, eran gotas de miel deslizándose en mis labios, en mi lengua, en el mar de éxtasis que era mi boca. El eterno desierto inmaculado en una noche de sacrificio. Dulce mortalidad.
Semanas después, al cerrarse el iris solar, abrí el sarcófago en el que, después de mi renacimiento ocultabame durante el día. Su figura esbelta se dibujaba sobre mi lecho como una estatua representando al Diablo en su más perversa perfección.
Es hoy -susurró casi imperceptible- Tus pasos hoy vagarán sin el eco de los míos.
El gemir de sus tacones en retirada silenciaron cualquier interrogante. Hoy amaría sola, quizás para comprender el sentimiento que tuvo ella tantas centurias.

Me aproximé a un burdel, envuelta en el maquillaje que nace en una mujer después de hacer el amor. Al traspasar las puertas ronroneantes, cortinas rítmicas y plumas festivas de la entrada, me acariciaron luces rojizas y violetas que teñían el humo del tabaco y opio. Las miradas alcoholizadas y lascivas de los hombres contrastaban con los muchachos intentando disimular su temprana lujuria hacia las incisivas doncellas del placer.
Me encaminé hacia la barra.
-continúa
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